Existen diversos factores de la vida en las ciudades que pueden actuar como estresores: el hacinamiento, el ruido, la contaminación, y, cómo no, el propio diseño urbano.
Si al mirar a nuestro alrededor observamos un exceso de patrones repetitivos y geométricos como los de los edificios, eso nos puede generar estrés visual.
De hecho, un predictor del estrés urbano percibido es el número de vértices isovistas, es decir, el número de vértices visibles para un individuo situado en una determinada localización.
Las condiciones ambientales urbanas, como la falta de luz natural o el escaso contacto con la naturaleza, pueden afectar al estado de ánimo y las emociones.
Los beneficios de incorporar zonas verdes en los entornos urbanos han sido repetidamente demostrados.
Dichos beneficios están relacionados principalmente con la posibilidad de desarrollar actividades físicas en espacios verdes.
Es más, la mera exposición a elementos naturales, como el cielo, los árboles, el agua, la luz natural o la brisa reducen la percepción del estrés.
Ver el cielo o pasear entre árboles es suficiente para disminuir la presión arterial, la frecuencia cardiaca, los niveles de la hormona del estrés (cortisol) y la actividad neuronal en áreas cerebrales vinculadas a las enfermedades mentales.
Con solo cinco minutos de exposición a zonas verdes se produce una recuperación significativa del estrés.
Investigar el impacto que los distintos factores del entorno construido tienen sobre la respuesta de estrés de las personas, en particular las más vulnerables, es imprescindible para definir unos criterios de urbanización saludables.
La psicología y la neurociencia disponen de las herramientas adecuadas para evaluar la percepción del entorno a través de las respuestas conductuales de los individuos, de técnicas de seguimiento de movimientos oculares, de respuestas fisiológicas como la tasa cardiaca o la presión arterial e incluso de la actividad fisiológica del cerebro medida con técnicas como la resonancia magnética.
Lo que parece indiscutible es que el estrés urbano es un problema multifactorial que puede prevenirse con la colaboración entre los responsables de la planificación urbana y los investigadores de la psicología y la neurociencia para diseñar ciudades que promuevan la salud mental a través de elementos protectores.