Los límites los marca uno mismo, dado que la persona es la única que sabe hasta donde puede llegar.
De esta forma, nadie puede decirnos cuáles deben ser.
Por tanto, es necesario hacer un trabajo personal de autoconocimiento para conocer qué estoy dispuesto a tolerar y que no.
Este trabajo interior se suele realizar en sesiones de psicología, por ejemplo, identificando situaciones sociales que generan un gran malestar.
Después, una vez seleccionados los límites, sería aprender a aplicarlos.
Uno de los pilares fundamentales es el uso de la asertividad.
La asertividad es la habilidad de defender nuestros derechos, sin olvidar los de los demás.
De modo que ambas partes ganan, debido a que la comunicación es bidireccional, es decir, cada parte tiene la oportunidad para expresarse y puede aportar alternativas para solventar los conflictos.
Todo ello, supone empatía y validación emocional por ambos.
Con la asertividad podemos decir “no” sin sentirnos culpables.
Muchas veces ocurre que por agradar a los demás o por miedo a la reacción del otro, nos cuesta poner límite.
Asimismo, puede suceder que, aunque comuniquemos nuestras necesidades no supongan un cambio radical en la otra persona, pues puede llevar tiempo ese cambio o no darse finalmente, pero es crucial una adecuada expresión emocional sobre mis necesidades, porque promueve el bienestar psicológico.
En resumen, el establecimiento de límites y el uso de la asertividad, nos permite identificar y delimitar las necesidades en todo momento, permitiéndonos ser partícipes de nuestras elecciones, dando lugar a una tranquilidad interior esencial en nuestra vida.
Es imprescindible tener en cuenta que cuando digo no a los demás, me digo sí a mí.