Aunque muchas veces lo olvidemos, el amor va mucho más allá de las relaciones de pareja.
El vínculo afectivo que une a los padres y madres con sus hijos e hijas es, normalmente, uno de los más fuertes que existe.
Los padres y las madres pueden llegar a hacer sacrificios por el bienestar de sus pequeños (o ya no tan pequeños).
Sin embargo, el simple hecho de tener descendencia y formar una nueva familia no garantiza que las relaciones afectivas que se dan entre las dos generaciones de esta sean siempre fuertes, o que sean estables y de calidad.
Los problemas entre padres e hijos son más frecuentes de los que nos imaginamos, y es importante tener en cuenta que esto se debe a una mala gestión de las relaciones: algo que se puede evitar.
Ningún conflicto tiene por qué durar eternamente.
En las relaciones de afecto que se establecen entre padres, madres e hijos un pequeño cambio de actitud puede hacer que enfados y conflictos que parecían enquistados empiecen a desaparecer a una velocidad sorprendente.
Incluso si lo que hay no es resentimiento sino indiferencia, es perfectamente posible volver a conectar con los más jóvenes invitándoles a que se vean involucrados en conversaciones significativas y expresiones de afecto.
Veamos cómo.
Apostar por el contacto físico, siempre que sean no planificados y surjan de manera espontánea, es clave para fortalecer la relación.
Entender qué aspectos de una actividad hacen que resulte estimulante y de qué manera, como por ejemplo en el montañismo, puede ayudar a comprender el mundo y las prioridades de los hijos y empatizar con ellos.
Todo padre o madre que quiera compartir tiempo de calidad con sus pequeños debería ocuparse específicamente de que los smartphones y las tablets permanezcan lejos en el momento de conversar y compartir momentos agradables juntos.
Si quieres hacer que el vínculo afectivo con tu hijo o hija cobre fuerza, demuéstralo dando los primeros pasos, aunque a veces tu orgullo u obstinación te echen para atrás.