No es un concepto fijo y estable, se manifiesta de forma cambiante en función de nuestra situación vital y nuestras circunstancias y va cambiando a lo largo de nuestra vida.
Las personas con alta autoestima se caracterizan por tener mucha confianza en sus capacidades.
Así, pueden tomar decisiones, asumir riesgos y enfrentarse a tareas con una alta expectativa de éxito.
A medida que nuestra alta autoestima sea mayor nos sentiremos mejor preparados, con mayor capacidad y disposición para realizar diferentes actividades, tendremos mayor ilusión y ganas de compartir con los demás.
Las personas con baja autoestima se sienten inseguras, insatisfechas y sensibles a las críticas.
Otra característica de las personas con baja autoestima puede ser la dificultad de mostrarse asertivas, o sea, de reclamar sus derechos de una forma adecuada.
Una autoestima sana nos permite tener una serie de conductas y actitudes que tienen efectos beneficiosos para la salud y para nuestra calidad de vida.
Una persona con una autoestima sana:
Defiende sus derechos personales incluso aunque encuentre oposición o ataques emocionales.
Se siente lo suficientemente segura de sí misma como para cambiar su opinión o su criterio, si la experiencia le demuestra que estaba equivocada.
Es capaz de actuar según su propio criterio, y sin sentirse culpable cuando a otros no estén de acuerdo con su manera de actuar.
Procura no perder el tiempo preocupándose en de manera excesiva por lo que le haya ocurrido en el pasado, ni por lo que le pueda ocurrir en el futuro.
Vive con intensidad el presente.
Confía en su capacidad para resolver sus propios problemas, sin dejarse intimidar por los fracasos y complicaciones de la vida, y cuando realmente lo necesita, está dispuesta a pedir la ayuda de otros.
Se considera y siente igual que cualquier otro, ni inferior, ni superior; sencillamente, igual en dignidad; y reconoce diferencias en talentos específicos, prestigio profesional o situación económica.
Admite que puede ser interesante y valiosa para otras personas.
No se deja manipular, aunque está dispuesta a colaborar si le parece apropiado y conveniente.
Reconoce y acepta en sí misma distintos sentimientos y emociones, positivos y negativos.
Es capaz de disfrutar con una gran variedad de actividades.
Es sensible a los sentimientos y necesidades de los demás; respeta las normas sensatas de convivencia generalmente aceptadas, y entiende que no tiene derecho a divertirse a costa de otros.