Los humanistas defienden que cada persona tiene, de forma innata, un potencial que le permite crecer, evolucionar y autoactualizarse y que la patología aparece cuando estas capacidades se bloquean. Consideran que el individuo debe aprender a ser, a conocer y a hacer, y que es la misma persona la que debe encontrar por sí sola las soluciones, dejándole total libertad para decidir. Los trastornos patológicos son renuncias o pérdidas de esta libertad que no le permite seguir su proceso de crecimiento vital. Podríamos simplificar la identidad de esta corriente de la psicología diciendo que los “humanistas” no sólo investigan el sufrimiento, sino que profundizan en el crecimiento y el autoconocimiento de la propia persona. Se preocupan más de plantear alternativas a este sufrimiento que a estudiar la conducta. Aportan una visión positiva y su base es la voluntad y la esperanza de la misma persona. Parten de la bondad y la salud, y entienden que los trastornos mentales o los problemas cotidianos son distorsiones de esta tendencia natural. Se centran en las personas sanas, y consideran que la personalidad es innata y “buena” en sí misma. También debemos tener en cuenta que estos modelos postulan que el individuo no reacciona ante la realidad, sino ante la percepción que tiene de ésta, que es totalmente subjetiva. Algunas de las aportaciones más importantes que aparecen asociadas a la aparición de la Terapia Humanista, son las siguientes: Visión optimista: es el potencial de la persona la herramienta para solucionar sus propios problemas. Énfasis en los factores sociales: el autoconocimiento debe ir ligado a una responsabilidad social. La terapia como intervención: colocando la ayuda a la persona como el objetivo y meta final. En los modelos humanistas no se apela al pasado o a la historia personal, sino que son las capacidades y herramientas de las que dispone la persona en el momento actual las que influyen en su problema y/o solución.