La comparación es un acto natural que también se identifica como un mecanismo frecuente e inevitable que forma parte del autoconocimiento y la construcción de la persona que nos gustaría ser. Sin embargo, hay que tener cuidado, porque esta práctica de comparación continua puede resultar perjudicial a largo plazo y en esto juega un papel fundamental la autoestima. La autoestima es la evaluación positiva o negativa que una persona puede hacer de sí misma, una autoevaluación que oscila entre dos necesidades: la de conocerse a sí mismo y la de quererse. El problema acaece cuando no existe un equilibrio justo entre ambas.
Cuando me comparo con alguien que vive en otro lugar, que tiene otras experiencias, que tiene otra edad, que tiene otra formación, que tiene otra genética... Y acabamos comparándonos cuando en realidad es como si comparáramos manzanas con limones. Solo tendemos a compararnos cuando tendemos a sentirnos inferiores. Subimos nuestras mejores fotos, nuestras mejores fiestas, nuestras mejores ropas... y eso hace que mostremos una realidad que no es. Quien lo ve, es probable que piense que esa persona es feliz, que no tiene problemas... y eso nos lleva cada vez más al sentimiento de inferioridad.
La comparación no es ninguna patología ni está relacionada con un trastorno mental, aunque podría ir de la mano de uno de estos padecimientos. La solución es trabajar en nuestra autoestima. Una vez mejorada la autoestima, cambia la percepción del prójimo. Cuando uno mismo cambia, sentimos que el entorno también cambia. Pero en realidad no es que los demás hayan cambiado... sino que la mirada propia ha cambiado. Dejas de prestar tanta atención a los demás y te fijas más en ti. Y cuando miras al prójimo lo haces de otra manera... porque ya no es para compararte ni para seguir confirmando tu inferioridad.