La privación del sueño tiene consecuencias perjudiciales en diversos ámbitos de la salud. A nivel físico, incrementa el riesgo de enfermedades cardiovasculares, diabetes y obesidad. Desde el punto de vista cognitivo, afecta la memoria, la concentración y la capacidad de resolución de problemas. En el ámbito emocional, contribuye a la irritabilidad, la ansiedad y la depresión. Dormir lo suficiente fortalece las conexiones neuronales, optimiza la memoria y mejora el rendimiento académico y laboral. La falta de sueño, por el contrario, deteriora la capacidad de atención y la toma de decisiones. El sueño regula hormonas clave como la melatonina, que sincroniza el ritmo circadiano; la hormona del crecimiento, fundamental para la reparación celular; y las hormonas del apetito, ghrelina y leptina, cuyo desequilibrio puede contribuir a la obesidad. Además, fortalece el sistema inmunológico y reduce el riesgo de padecer enfermedades crónicas. Dormir bien facilita la regulación del estado de ánimo y la respuesta al estrés, reduciendo la posibilidad de sufrir trastornos psicológicos como ansiedad y depresión. Un descanso adecuado mejora la estabilidad emocional y la calidad de las interacciones sociales.