El miedo al juicio de los demás es algo completamente normal y adaptativo, ya que vivimos en grupo y ser aceptado por este, ha estado muy vinculado a la supervivencia. Necesitamos de los demás para sobrevivir y eso implica poder vincularnos y ser aceptados. Las personas necesitamos sentir que hay un otro para el que existimos y somos importantes, y viceversa. Nos construimos en relación y aprendemos a mirarnos a nosotros mismos como nos han mirado desde fuera.
Creo que no me aventuraría a decir que haya rasgos en común, ya que este miedo es algo bastante común, pero sí que se puede acentuar más en algunas personas debido a la existencia de experiencias traumáticas que involucren a los demás, es decir, momentos en los que el rechazo externo ha sido muy elevado o desmedido, llegando a producir una herida emocional. Estas experiencias traumáticas pueden ir generando una herida de vergüenza o rechazo. Así, pueden haber hecho sentir a la persona que no es suficiente tal y como es.
El rechazo puede haber sido dirigido hacia las acciones, opiniones o necesidades de la persona. El motivo es que la herida de rechazo genera una sensación constante no ser merecedor de amor y de la aceptación de los demás. Poniéndose en juego en diferentes ámbitos de la vida en forma de baja tolerancia a la crítica, evitación de momentos en los que se pueda sentir vulnerabilidad, búsqueda del reconocimiento y aprobación de los demás, y sensación de no suficiencia.
Si sentimos que está afectando de manera incapacitante a más áreas de nuestra vida de las que nos gustaría, podría ser un buen momento para poner en marcha alguna de las siguientes sugerencias: Aprender a diferenciar entre críticas destructivas y constructivas, intentando recibir estas últimas desde la aceptación. Trabajar en el diálogo interno. Intentar fomentar la autocompasión. Comenzar a comprender, trabajar e integrar, las inseguridades propias. Trabajar el autoconocimiento, respeto y amor propio. Intentar diferenciar entre lo que nos hace valiosos por ser y no solo por hacer.
Una vez comenzada esta tarea, la dificultad dependerá del grado de experiencias traumáticas que se hayan experimentado y la gravedad de estas. A lo que habría que añadir la implicación y responsabilidad de uno mismo y el trabajo interior, acompañado del esfuerzo que se pueda poner a la hora de mejorar el malestar.