El gris cemento, la suciedad de los orines en el asfalto, el tráfico rápido, agresivo y ruidoso.
Las palomas tal cual ratas de ciudad, edificios y más edificios, personas andando serios y con prisas.
Demasiadas corbatas y demasiados tacones.
Todo esto me desagrada, no es nada amigable, y en cambio sí, demasiado artificial y hostil para mí.
Es la clara expresión del capitalismo, del libre mercado.
Pues a mí, la ciudad me afecta al Sistema Nervioso, me perjudica a nivel psicológico y me genera un estado de estrés crónico que me va destruyendo.
Del aire limpio y el olor a tierra, pasaba al aire más denso contaminado, a la calle más cara de la ciudad, llena de tiendas para ricos y extranjeros por todos lados.
El choque era tan grande que aunque pueda parecer una tontería, no me veía capaz de pisar aquellas zonas de gente aburguesada y de tiendas de diseño.
Del rechazo y la rabia que me producía la transformación del lugar en el que crecí, en la actualidad convertido en un gran parque temático, que se alimenta de dinero y expulsa sin escrúpulos a quienes le falta, empecé a desarrollar un miedo o inseguridad cada vez que me alejaba de mi nuevo sitio, amable y natural.