La vida en la ciudad es estresante porque desde que nacemos hasta que morimos la sociedad en la que vivimos nos educa a ser productivos por estar montada de tal modo que siempre te obliga a más, y no estoy hablando de inconformismos, si no de que lo que hacemos parece que nunca sea suficiente.
Vivimos en un desafío constante que vemos como normal, pero eso no significa que sea normal.
Porque no es lo mismo salir corriendo y como consecuencia hiperventilar que vivir corriendo e hiperventilando.
La superficie de esta problemática endémica se caracteriza por un cuadro sintomático que tiene como común denominador la ansiedad, el insomnio, la irritabilidad, la autoexigencia, la preocupación excesiva, y la falta de tiempo para cuidarnos.
Nuestra propia responsabilidad y la de la salud y políticas públicas deberían prohibir seguir tirando de esta manera ante esta situación tan alarmante porque, como he dicho antes, estos síntomas tan solo son la superficie de enfermedades físicas, emocionales y psicológicas que no paran de ganar terreno en nuestra sociedad.
Dolores de cabeza y musculares, fatiga crónica, trastornos afectivos, depresión, trastornos de ansiedad, adicciones, aislamiento social, etc., un bucle causado por múltiples factores de origen social, personal y cultural que a veces pueden incluso acabar en forma de suicidio.
Y porque no se le pone más énfasis a esta situación, pues como en muchos otros estigmas de la sociedad, las enfermedades mentales y el suicidio son realidades que, aunque no se ven o no se quieran ver, existen camufladas con medicaciones o como inesperados y desafortunados accidentes de tráfico o atropellos ferroviarios.
La crisis económica, política y de valores de nuestra sociedad es algo que a veces nos sobrepasa y no nos ayuda a darte importancia a lo verdaderamente importante, porque en realidad para vivir no necesitamos tantas cosas.