Siendo conscientes de esto, conseguiremos momentos para conversar íntimamente y que los niños y adolescentes se sientan valorados y respetados.
Se confía en su discurso, se tienen en cuenta sus emociones y puede expresar libremente lo que siente.
Conseguir que tu hijo se entregue y te cuente sus cosas es un camino largo que requiere una inversión de tiempo, de presencia y de confianza.
La conversación se debe adecuar a la edad del menor.
Si nos mostramos vulnerables les estamos enseñando que no pasa nada por sentirse así.
O si se reconoce una equivocación se les enseña a pedir perdón, que errar forma parte de la vida y es una oportunidad para aprender.
Nuestros hijos siempre nos dan la oportunidad de aprender muchísimo sobre nosotros mismos.
Observar qué reacciones despertamos en ellos cuando les hablamos nos permitirá revisar la parte que depende de nosotros.
Nos convertimos en su referente cuando tengan un problema, en sus maestros para aquello que podamos aportarles y en un espejo en el que ver lo maravillosos que son desde nuestro amor incondicional.
Los progenitores deben estar presentes para poder validar el sentimiento que los menores tengan hacia un hecho en concreto.
Y, tras ello, hay que ayudarles a través de una comunicación positiva y activa:
Esta es imprescindible para ayudar a criar a unos niños seguros de sí mismos.
Una buena manera de conseguir abrir el canal de comunicación con los niños, con tiempo y dedicación, es detectando qué les gusta y a qué prestan atención y así “jugar con esos elementos para conseguir llegar a ellos sin aburrirlos”.
Los progenitores también han de dejar que su niño interior despierte con más frecuencia,
para ver la vida con más felicidad e ilusión y entonces ayudarles y comprenderles.
Así serán los menores quienes consulten a los adultes siempre que deseen tener una perspectiva más madura de un asunto y sin percibir que su sentir inicial resulta invalidado o dañado.