La principal responsabilidad consiste en atender a nuestras propias emociones, pensamientos, acciones, errores y posibles consecuencias. Aprender a decir que no genuinamente, si uno no puede o no quiere hacer algo, es entonces un desafío importante. Un límite sano se reconoce en la capacidad de valorar las propias opiniones y de decidir cuánta información personal se quiere entregar a un otro. Junto a ello, se reconoce en aprender a conocer y a comunicar nuestras propias necesidades y deseos, logrando pedir ayuda cuando se requiere. Aprender a reconocer hasta dónde podemos y queremos priorizar nuestras necesidades o las de otros, es un acto de cuidado personal. Cuando analizamos esos beneficios suele aparecer la posibilidad de conocernos mejor, y que los otros también nos conozcan realmente, logrando con ello alcanzar la sensación de congruencia interna y de autenticidad. Esto permite regular mejor nuestros propios estados emocionales, mejorar la autoestima y la comunicación con otras personas al ser más honesto y con ello, contribuir a mejorar la calidad de nuestras relaciones. Es importante preparar las acciones necesarias para poner límites. Sirve por ejemplo hacerse las siguientes preguntas; ¿Qué podríamos hacer en esa situación para poner límites? o ¿Cómo podríamos hacerlo?. Es relevante que nos mantengamos firmes y focalicemos en lo que queremos lograr. Y sobre todo, una de las cosas que puede ser más difícil, es soportar la culpa y el malestar inicial, pues no estamos acostumbrados. Tener presente que poner límites es una tarea de desarrollo personal compleja, pues no es algo que se pueda hacer de un día para otro cuando hemos estado mucho tiempo sin haberlos puesto. Es bueno ir de a poco, siendo constantes y perseverantes, repitiendo y reforzando con nosotros mismos y con las demás personas, cuantas veces sea necesario.