Puede ser difícil empezar a establecer límites. Desde lo cultural, está la idea de que para ser una buena persona hay que estar dispuesto a entregar todo por los demás. Por ende, para lograr fortalecer la autoestima y sentirse bien con uno mismo/a y los demás, se tienden a transgredir estos límites. Otra razón que explica la dificultad para establecerlos, es la falta de autoconocimiento, manifestándose en la dificultad para diferenciar quién es uno/a respecto a los demás, y cuáles son las propias necesidades y limitaciones. Aprender a decir que no genuinamente, si uno no puede o no quiere hacer algo, es entonces un desafío importante. Pues además de lo anterior, nos enfrenta a tener que usar la asertividad para demarcar un límite, sin transgredir. Puede surgir miedo a que la otra persona pueda molestarse, reaccionar con agresividad o tomar distancia. Nos enfrenta a la posibilidad de que pueda haber un conflicto y a tener que tolerar la reacción del otro, al mismo tiempo de tener que sostener nuestras necesidades y gestionar nuestras propias emociones. Todo ello puede percibirse como un proceso bastante exigente o cansador. Sin embargo, si lo que nos interesa es cuidarnos, vale la pena pasar por este proceso, de manera de comenzar a establecer límites que sean sanos para nuestra vida. Un límite sano se reconoce en la capacidad de valorar las propias opiniones y de decidir cuánta información personal se quiere entregar a un otro/a. Junto a ello, se reconoce en aprender a conocer y a comunicar nuestras propias necesidades y deseos, logrando pedir ayuda cuando se requiere. Aprender a reconocer hasta dónde podemos y queremos priorizar nuestras necesidades o las de otros, es un acto de cuidado personal.