¿A cuántos nos ha pasado que nos hemos visto haciendo, diciendo o pensando algo que era inimaginable hace unos años?, ¿en cuántos temas, valores y metas hemos cambiado de opinión con el transcurrir del tiempo?, ¿significa eso que somos una persona “inestable” o que no tenemos claro lo que queremos?
Cuando hablamos de rigidez mental o cognitiva estamos haciendo referencia a la incapacidad individual que presentamos a la hora de adaptarnos a las novedades que las circunstancias nos demandan.
Las personas con una rigidez mental característica presentan dificultades a la hora de valorar otras perspectivas o puntos de vista diferentes a los propios y rehúsan en lo posible de abrazar nuevas soluciones para escenarios que dominan o creen que podrían dominar.
La rigidez mental o cognitiva no es una cualidad o característica de todo o nada, es decir, cada uno de nosotros estamos situados en un punto del gradiente que va desde una flexibilidad cognitiva que nos permite ser resolutivos desde una perspectiva abierta y cambiante, hasta el otro extremo de una inflexibilidad que nos convierte en seres casi automatizados que no deja lugar a imprevistos ni novedades.
Aquellas personas que dentro del gradiente que mencionamos anteriormente se sitúan en un punto más cercano al extremo de la rigidez, pueden sufrir varias consecuencias (ya sean directas o indirectas) de esta característica ya que esto no sólo le afectará de forma individual, sino que también lo hará en el plano de lo social.
Hacemos referencia al sin fin de emociones de las que etiquetamos “negativas” que estas personas se exponen a sentir en algún momento de su vida: ira, frustración, impotencia, malestar... No hay nada patológico en ellas, puesto que son las emociones que todos sentimos cuando algo no nos sale bien.
Pero si nuestro patrón de comportamiento está regido por la inflexibilidad y la falta de habilidad para cambiar nuestros pensamientos y conductas cuando estas no son resolutivas, nos estamos condenando de alguna forma a que nuestro abanico emocional siempre sea el mismo y vivamos sumidos en un episodio constante de frustración y malestar.
A nivel social puede llevarnos a escenarios de intolerancia, a contextos en los que no seamos capaces de empatizar con los otros, a enzarzarnos en discusiones en las que no somos capaces de aceptar otros puntos de vista... y en definitiva, a un deterioro de nuestras relaciones que no harán sino agravar las emociones de impotencia, ira y frustración que ya hemos mencionado.
En este sentido son dos los pasos que podemos dar para gestionar nuestra rigidez mental: reevaluar y progresar.
Volver a analizar lo que en alguna ocasión anterior ya habíamos analizado. ¿Para qué? Pues para algo tan sencillo y, a la vez, tan complejo como ganar amplitud.
Analizar el problema desde distintas perspectivas, partiendo desde el inicio y desgranando los pasos que hemos ido dando hasta llegar donde estamos, nos puede llevar a encontrar cuál es la variable o factor que no hemos tenido en cuenta y que nos puede ayudar a superar nuestros obstáculos.
Pero la reevaluación no sólo es positiva a efectos prácticos, sino que también puede aportarnos beneficios en el plano emocional.
¿Cuáles son estos beneficios? Pues, fundamentalmente, el autoconocimiento, es decir, tener conciencia de cuáles son mis capacidades, cómo me enfrento a un problema, cuáles son mis puntos a reforzar, etc.
Afortunadamente, la flexibilidad mental o cognitiva también es algo que puede trabajarse y es una capacidad en la que podemos intentar mejorar para conseguir eliminar las consecuencias antes citadas y vivir una vida más en paz con nosotros mismos y con las personas que nos rodean.