Una persona con rigidez puede experimentar una serie de síntomas que incluyen dificultad para mover las extremidades, sensación de pesadez o falta de soltura en los brazos o piernas, limitación al girar el tronco o el cuello, cambios en la escritura y motricidad fina, y disminución del braceo al caminar. La rigidez se caracteriza por un aumento anormal de la resistencia que los músculos ofrecen al estiramiento pasivo, lo que puede generar una sensación de que las extremidades o el tronco están "duros" y se resisten a moverse o estirarse. Este tipo de rigidez es un síntoma cardinal de la enfermedad de Parkinson, aunque también puede aparecer en otros trastornos neurológicos. La rigidez parkinsoniana suele ser constante y no cede completamente con el reposo, a diferencia de la rigidez que aparece tras un golpe o una contractura muscular por sobreesfuerzo. Reconocer la rigidez muscular en el día a día puede ser sencillo si se presta atención a ciertos detalles, como la dificultad para mover las extremidades, la sensación de pesadez o falta de soltura, la limitación al girar el tronco o el cuello, los cambios en la escritura y motricidad fina, y la disminución del braceo al caminar. La rigidez también puede manifestarse de manera indirecta a través de la micrografía, la torpeza al abotonarse la camisa o al usar cubiertos, y el fenómeno de la rueda dentada, donde el movimiento de los brazos se vuelve "a tirones" en lugar de fluido. La detección oportuna de la rigidez y otros síntomas neurológicos es fundamental para iniciar tratamientos que mejoran notablemente la calidad de vida.