En este sentido son dos los pasos que podemos dar para gestionar nuestra rigidez mental: reevaluar y progresar.
Volver a analizar lo que en alguna ocasión anterior ya habíamos analizado.
¿Para qué?
Pues para algo tan sencillo y, a la vez, tan complejo como ganar amplitud.
Amplitud de opciones, de soluciones o de salidas.
Analizar el problema desde distintas perspectivas, partiendo desde el inicio y desgranando los pasos que hemos ido dando hasta llegar donde estamos, nos puede llevar a encontrar cuál es la variable o factor que no hemos tenido en cuenta y que nos puede ayudar a superar nuestros obstáculos.
Afortunadamente, la flexibilidad mental o cognitiva también es algo que puede trabajarse y es una capacidad en la que podemos intentar mejorar para conseguir eliminar las consecuencias antes citadas y vivir una vida más en paz con nosotros mismos y con las personas que nos rodean.
El trabajo desde las terapias de aceptación y compromiso, así como una intervención desde la perspectiva cognitivo-conductual puede ayudarnos a hacer esos cambios que a la larga nos traerán beneficios muy positivos.