Puedes expresar tus emociones sin que tu amigo las juzgue o las minimice.
Sientes que se esfuerza para comprenderte.
Te escucha de verdad.
No hay competitividad tóxica.
Sus éxitos no te provocan inseguridad y viceversa.
Podéis expresar el enfado.
Si algo te molesta, se lo puedes decir sin miedo a que la amistad se acabe.
Empatiza contigo y te pide perdón si te ha hecho daño.
Y cuando eres tú quien se equivoca, te lo dice con empatía y respeto.
La amistad cambia a medida que cambiáis vosotros.
La relación no es igual que al principio, pero habéis sabido adaptaros.
Respeta que tengas otras prioridades.
No te hace sentir culpable por dedicar tiempo a otras relaciones u obligaciones.
Pasáis tiempo de calidad juntos.
Aunque tengáis otras relaciones (pareja, familia, otros amigos…), obligaciones (el trabajo o la universidad) o viváis lejos, dedicáis tiempo a cuidar la amistad.
Os prestáis atención en WhatsApp, organizáis quedadas de vez en cuando y os esforzáis para saber qué tal está el otro.
Ambos tenéis voz.
A veces hacéis planes que le apetecen más a tu amigo y a veces hacéis planes que prefieres tú.
Hay simetría en la relación: los dos opináis y sois escuchados a la hora de hablar, de organizar un plan o de tomar una decisión importante.
Respeta tus límites.
Respeta que no puedas (o quieras) quedar de vez en cuando o que a veces no puedas (o quieras) hacerle un favor.
No te obliga a ser complaciente ni te hace sentir culpable por actuar con asertividad.
Te empodera.
Jamás hace comentarios críticos sobre tu cuerpo, tus gustos o tu manera de ser, ni tampoco bromas a tu costa, y mucho menos delante de otras personas.
Al contrario: potencia tu autoestima.