No hace falta cambiar nada en el pensamiento, ni tampoco en la emoción, o el sentir del cuerpo. Lo relevante es atender el espacio entre pensamientos. Somos esencialmente atención. Foco de atención sin forma y desde donde emergen todas las formas. Somos presencia imposible de entender por una simple mente humana limitada y limitante. Conciencia pura atestiguando la experiencia que fluye en nosotros. Somos silencio inabarcable que subyace como eterno espacio entre pensamientos. No hace falta que te respondas. Tampoco hace falta cambiar nada. La clave es la presencia que habita en este espacio entre dos pensamientos. No sirve de nada buscar tener la mente en blanco. Algo prácticamente imposible. O en tratar de pensar algo concreto mientras meditas. Tampoco tiene sentido el pelearte con tus propios pensamientos durante tus sentadas de meditación. Los pensamientos vendrán una y otra vez. Es inevitable. Y lo mejor es dejarlos estar sin más. En la meditación no se trata de buscar este silencio, sino simplemente de reconocerlo. Somos atención. Pura atención, en este caso sobre nuestros pensamientos mientras meditamos. Y ahora podemos sencillamente soltar la atención sobre nuestras ideas y frases mentales, y atender este espacio de silencio que somos.