Una vida sin rutinas puede convertirse en caos.
Y es que el hecho de no saber qué va a acontecer, genera, en ocasiones, situaciones de estrés.
En cambio, un niño que sabe qué es lo que viene después de cada cosa, siente tranquilidad en cada situación y muestra una mayor independencia en sus actos.
Las rutinas:
Aportan tranquilidad y bienestar a los niños y niñas.
Reducen la ansiedad y las conductas negativas, derivadas de los nervios y la incertidumbre de no saber qué hacer o qué toca hacer.
Pueden disminuir el número de rabietas o los enfrentamientos que se generan en el día a día por cuestiones como el baño, la hora de dormir o de despertar, la ropa que debe ponerse o los deberes.
Ayudan a generar su autonomía y confianza.
Refuerzan su autoestima e independencia para empezar a hacer algunas tareas por sí mismos.
Mejoran la comprensión del entorno y, sobre todo, ayudan a madurar.
Lejos de lo que podríamos pensar, la rutina no es enemiga de la creatividad ni de la espontaneidad.
El hecho de tener unos buenos hábitos adquiridos va a aportar seguridad al entorno de nuestros hijos, sabemos que un niño que se siente seguro está más dispuesto a crear, innovar e incluso a probar cosas nuevas.
Niños que acostumbran a lavarse los dientes, a organizar su mochila, a prepararse el desayuno, etc., adquieren, poco a poco, esos hábitos y aprenderán a hacer tareas sin necesitarnos a nosotros, sus padres y madres.
La regularidad en los hábitos, la constancia, o perseverancia son valores que irán adquiriendo y que le serán muy útiles a lo largo de toda su vida.
Es vital que establezcamos una serie de actos unos a continuación de otros.
Así sabrán qué va antes y qué después de cada acción.