Soy afortunada; y lo más importante, reconozco que soy afortunada. Esta capacidad para reconocer e identificar los modos y momentos en que somos afortunados, bendecidos o privilegiados (especialmente cuando enfrentamos el sufrimiento y la injusticia) es una práctica fundamental en la vida de gratitud, y ella puede marcar la diferencia.
El agradecer en momentos difíciles nos puede ayudar a construir un puente de la desesperación a la fortaleza, del dolor al compromiso.
Y lo más importante: nos puede ayudar a mantener el corazón abierto cuando éste quiere cerrarse.
Debemos agradecer nuestra capacidad de estar lo suficientemente despiertos como para sentir.
Si nos afecta la miseria del mundo, es señal de que estamos vivos.
La empatía es realmente una bendición, ya que nos conecta profundamente con los demás.
Tener acceso a las noticias, e incluso sentirnos indignados por ellas, es un privilegio.
Si nos damos cuenta, con los ojos abiertos y el corazón dolido, de que mucho de lo que ocurre en el mundo es inaceptable y trágico, somos afortunados de notarlo.
Ser agradecidos por nuestra sensibilidad es un poderoso punto de partida para el compromiso.
Necesitamos hacer un inventario de cada don, de cada bendición que hemos recibido.
Si no los reconocemos o nos avergonzamos de ellos al ver el sufrimiento ajeno, no podremos ayudar a los demás.
Pasamos por alto la importancia de ser capaces de respirar, comer, caminar, amar… cuando hay innumerables madres que no pueden verlo en sus hijos.
Ellas no querrían que negáramos nuestro privilegio de estar vivos.
Por el contrario, somos nosotros quienes podemos engañarnos creyendo que reconocer nuestros dones nos separa de quienes no los tienen.
Si nos afecta la miseria del mundo, es señal de que estamos vivos.
La empatía es realmente una bendición, ya que nos conecta profundamente con los demás.
Tenemos que hacer buen uso de los dones que hemos recibido.
Si tenemos dinero (aunque sea poco), y reconocemos que es algo por lo cual nos sentimos agradecidos, podemos compartirlo, podemos hacer algo por los demás.
Si tenemos un cuerpo que funciona, y nos sentimos afortunados por ello, podemos compartir nuestra capacidad de hacer cosas, podemos ayudar, podemos asistir a otros.
Si tenemos educación y talentos, son dones que piden ser compartidos.
Cualquier recurso o privilegio necesita ser reconocido y valorado antes de ofrecerse en servicio.
Únicamente si reconocemos, identificamos y proclamamos lo que tenemos, seremos capaces de hacer algo por los demás.
Al practicar la gratitud día a día, entramos en comunión con ese exquisito entramado que es formar parte de la familia humana.
Nos sentimos interconectados, y experimentamos el dolor y la belleza de la pertenencia.
Ser agradecidos en momentos difíciles es ser capaces de sentir el dolor ajeno, y reconocer, valorar y hacer uso de nuestros dones; es sentirnos empujados a actuar desde un lugar comprometido, responsable y conectado.