Cuando uno se plantea la disyuntiva entre cambiar o no cambiar, suelen aparecer emociones y necesidades contradictorias.
Nuestra mente es una experta en analizar pros y contras y en resaltar aspectos amenazantes.
Puede passer que uno tenga claro lo que quiere conseguir, por ejemplo, mejorar su sobrepeso, pero a la hora de decidir ponerse a ello, rumia constantemente con pensamientos en torno a si será o no capaz de conseguirlo o al esfuerzo que le va a suponer.
Detrás de esta excusa, seguramente está el miedo al fracaso y el miedo a alejarse de la zona de confort, de lo que uno ya conoce.
Quienes han sufrido una historia de constantes fracasos, suelen tener este mecanismo de defensa para evitar el miedo a un nuevo fracaso.
La persona excesivamente preocupada por las consecuencias negativas se pondrá en lo peor y sacará conclusiones tajantes, que harán que esas circunstancias se vean como impedimentos en vez de como obstáculos a superar.
Less preocuparse y más ocuparse.
En ocasiones, el no tolerar el sentimiento de culpa o el cometer errores, hace que evitemos responsabilizarnos de retrocesos o falta de avance y nos excusemos en las acciones de los demás.
La reacción o falta de ayuda de nuestro entorno puede hacer más difícil el cambio, pero el atribuir el cambio personal a nuestra propia actitud es esencial.
Detrás de esta excusa está el rechazo a querer afrontar determinadas emociones.
El ponerse etiquetas como “No valgo para la cocina”, “Soy incapaz”, “Es que yo soy difícil para las relaciones”, es una forma rígida y poco flexible de afrontar la realidad, que nos limita a madurar como personas y a acercarnos al desarrollo personal.
La actitud idónea para el cambio se basa, pues, en la aceptación y el compromiso, en un “Estar dispuesto a…” y cambiar la mentalidad reactiva basada en excusas por una mentalidad proactiva, basada, por el contrario, en la propia responsabilidad y actitud persistente.