Nuestros adolescentes necesitan sentir que les entendemos, respetamos sus gustos y necesidades y no les juzgamos ni les llenamos de etiquetas.
Que conectamos con ellos emocionalmente y les acompañamos sin dramatismos y con grandes dosis de sentido común y del humor.
Que consensuemos normas, no les presionemos con nuestras expectativas y les aceptamos tal y como son.
Que les dejemos crecer sin sobreprotegerles y encontremos el equilibrio entre la exigencia y la libertad.
Aprovechemos esta etapa educativa para estrechar vínculos y demostrarles nuestro amor incondicional.
Confiando en ellos, dejándoles la distancia necesaria para que puedan crecer libres, para que tomen decisiones aunque sepamos que van a equivocarse.
La adolescencia es el período de transformación y reafirmación personal en el que nuestros hijos deben hacer frente a una vorágine de cambios físicos, psicológicos, cognitivos, emocionales y sociales que les provocan mucha confusión e inestabilidad.
A estos cambios, deberemos sumarles las dificultades que presentan para controlar su impulsividad y para modular correctamente las emociones por las transitan.
Pero es en esta etapa tan compleja cuando nuestros hijos e hijas necesitan que les mostremos nuestra mejor versión, nuestra presencia y disponibilidad aunque no nos lo demuestren.
Que sigamos siendo el pilar donde apoyarse, el refugio donde acudir cuando se sientan contrariados o perdidos.
Que les ayudemos a descifrar el torbellino de sentimientos que sienten y nos convirtamos en un modelo seguro, estable y coherente para ellos.
Unos años de sana desobediencia en los que mostrarán muchas dificultades para hacer frente a la frustración y para reconocer sus errores.
Que fácil es perder la paciencia con ellos, contagiarse de sus cambios de humor, sentirse herido con sus cuestionamientos.
No alzar la voz cuando dan portazos o realizan juicios de valor que llenan de recelos el hogar.
A un adolescente se le educa con grandes dosis de serenidad y cariño, entendiendo lo difícil que es para ellos hacerse mayor y vivir en una sociedad tan competitiva que va tan deprisa, a su lado necesitan adultos pacientes que entiendan lo que les sucede, que atiendan sus necesidades y les escuchen sin cuestionarlos pero sin mentirlos.
Que les sostengan cuando se sientan vulnerables y les ayuden a construir una autoestima.