La educación en valores promueve la solidaridad, la convivencia y el amor por la naturaleza. Un ciudadano ejemplar no nace, se hace. Al igual que aprendemos matemáticas e idiomas, deberíamos doctorarnos en lecciones básicas para la convivencia y el progreso social como el respeto, la empatía, la igualdad, la solidaridad o el pensamiento crítico. Sin estos y otros principios éticos que nos definen como seres humanos difícilmente construiremos un mundo mejor. La educación en valores, por tanto, promueve la tolerancia y el entendimiento por encima de nuestras diferencias políticas, culturales y religiosas, poniendo especial énfasis en la defensa de los derechos humanos, la protección de las minorías étnicas y de los colectivos más vulnerables, y la conservación del medio ambiente.
La educación en valores nos forma como buenos ciudadanos.
La educación en valores trata diversos temas relacionados con el civismo y la ética entre los que destacan: La empatía, la igualdad de oportunidades, el respeto al medio ambiente, el cuidado de la salud y el pensamiento crítico.
Queremos crear un mundo más sostenible, con economías estables y sociedades más justas e inclusivas.
Educar en valores nos compete a todos y no solo a las escuelas.
La familia, las universidades, las empresas o el deporte, por ejemplo, son contextos idóneos para enseñar esos principios éticos.
En cuanto a las estrategias más habituales para educar en valores destacan las siguientes: Rechazar la discriminación, animar al debate sobre cuestiones morales y promover liderazgos colaborativos.
Denunciar las actitudes dañinas para el conjunto de la sociedad sin estigmatizar a los individuos.
Incidir en la idea de que todos podemos cambiar y somos merecedores de una segunda oportunidad.