El síndrome del impostor no es un diagnóstico clínico, pero nos sirve para entender este fenómeno psicológico con el que se identifican muchas personas. Se trata de la creencia persistente de que no eres lo suficientemente bueno, que tarde o temprano serás «descubierto» como un fraude y que tus logros no son realmente tuyos, sino fruto de la casualidad.
Si en la niñez recibimos elogios condicionados a nuestros logros y no a nuestra esencia, podemos crecer con la idea de que nuestro valor depende de lo que hacemos, no de lo que somos.
Crecer en un entorno donde las comparaciones eran habituales, ya sea con hermanos, primos o compañeros de clase, puede generar una sensación de insuficiencia.
La forma en que nos relacionamos con nuestras figuras de apego influye en nuestra autopercepción.
Si crecimos sintiendo que debíamos «hacer más» para ser queridos o aceptados, es probable que de adultos sintamos que nuestro valor está en juego constantemente, generando inseguridad y la sensación de no estar a la altura.
Crecer en un ambiente académico donde la excelencia era la norma puede hacer que desarrollemos un estándar inalcanzable para nosotros mismos.
Si se nos enseñó que «todo menos el 10 es fracaso», podemos llevar esa mentalidad a la adultez, sintiendo que nunca somos suficientes.
Socialmente, se valora mucho la eficiencia, y el éxito medible.
Los logros académicos y profesionales se presentan como estándares de valía, ignorando lo que puede ser éxito para cada uno subjetivamente.
Muchas personas que pertenecen a grupos poco representados en ciertos ámbitos pueden sentir que deben esforzarse el doble para ser tomadas en serio.
Como ejemplo, las mujeres en sectores tradicionalmente ocupados por hombres pueden experimentar una presión adicional para demostrar su valía.
En ocasiones, pueden darse comentarios como «seguramente entraste por una cuota de diversidad» que refuerzan la sensación de no pertenencia.
El prejuicio de ser menos válida puede generar una presión constante por demostrar la preparación y habilidades.
No todas las personas experimentan el síndrome del impostor de la misma manera.
Estas son algunas de las maneras en las que puede que no experimentes:
Perfeccionista: Cree que todo debe ser impecable y si algo no es perfecto, siente que ha fracasado
Experto: Siente que nunca sabe lo suficiente y que necesita aprender más para estar «a la altura».
Individualista: Quiere hacerlo todo solo porque pedir ayuda lo haría sentirse incompetente.
Necesidad de saberlo todo de base: Si algo no le sale bien a la primera, siente que no es lo suficientemente bueno.
Superhéroe: Se sobrecarga de responsabilidades para probar su valía.
Vivir con el síndrome del impostor puede ser agotador.
Muchas veces genera ansiedad y una constante sensación de insuficiencia.
Puede hacer que pospongamos metas por miedo al fracaso, que nos exijamos más de la cuenta o que evitemos situaciones que nos exponen.
Incluso puede afectar nuestras relaciones, porque nos cuesta creer que las personas nos valoran genuinamente.
Si esta sensación de no ser suficiente te resulta familiar, recuerda que muchas personas, incluso aquellas que admiras, han pasado por lo mismo.
No se trata de eliminar el miedo o la inseguridad de inmediato, sino de aprender a reconocerlo sin que defina quién eres.
Tus logros no son casualidad.
Con el tiempo, puedes aprender a confiar más en ti y a dar menos peso a esa voz interna que duda de tu capacidad.
A veces, el primer paso es simplemente aceptar que la inseguridad no significa que no seas capaz, sino que eres humano.
Y si en algún momento sientes que esta sensación te impide avanzar o disfrutar lo que has logrado, buscar apoyo puede ser un acto de autocuidado.
No necesitas llevar esta carga solo, a veces es necesaria una ayuda externa para sentirte en paz con lo que eres y con lo que has conseguido.