La figura paterna cumple funciones diferentes en cada caso, siendo necesaria para cualquier niño. La ausencia del padre puede ser una percepción del padre como distante y emocionalmente inaccesible. El hecho de crecer junto a una figura paterna que a pesar de estar, es incapaz de aportar plenitud, cariño o reconocimiento, deja corrientes de vacío en el corazón de un niño que está aprendiendo a construir su mundo. La ausencia del padre puede ser motivada por la propia madre porque, durante una separación, “castiga” al padre evitándole ver a los hijos con regularidad o definitivamente nunca. La presencia del padre en la vida de una niña está vinculada al autoconcepto de ésta y el desarrollo de una autoestima positiva. El padre genera fuerza, seguridad, confianza, manejo de límites y poder personal. En el caso de un padre ausente de manera física la niña recibe una mensaje de “te abandono” porque no vale la pena quedarme a tu lado, no eres suficiente… para estar a tu lado. Este tipo de padre ausente genera hijas necesitadas de una pareja, pero que a la vez tienen miedo al abandono, así que se apegarán a su pareja de manera obsesiva y asfixiante, de manera que tarde o temprano la pareja sí se irá. La figura de un padre ausente genera en la etapa adulta un desapego afectivo que nos hace ser más inseguros a la hora de establecer determinadas relaciones. Un padre egocéntrico tiende a ser incapaz de advertir las necesidades afectivas del otro y, por tanto a ignorarlas. En consecuencia, ante la aparente indiferencia emotiva del padre, la niña sentirá que no es amada o aceptada como lo necesita, generándose así una personalidad a la que le será difícil proveerse la felicidad, amarse a sí misma.