Educar a un adolescente es una tarea complicada, repleta de retos diarios y de estrategias por aprender.
Nuestros adolescentes necesitan sentir que les entendemos, respetamos sus gustos y necesidades y no les juzgamos ni les llenamos de etiquetas.
Que conectamos con ellos emocionalmente y les acompañamos sin dramatismos y con grandes dosis de sentido común y del humor.
Que consensuemos normas, no les presionemos con nuestras expectativas y les aceptamos tal y como son.
Que les dejemos crecer sin sobreprotegerles y encontremos el equilibrio entre la exigencia y la libertad.
Aprovechemos esta etapa educativa para estrechar vínculos y demostrarles nuestro amor incondicional.
Confiando en ellos, dejándoles la distancia necesaria para que puedan crecer libres, para que tomen decisiones aunque sepamos que van a equivocarse.
Hablando con ellos con ganas de entendernos, sin ironías, interrogaciones, tonos acusativos o comparaciones.
Con un lenguaje lleno de respeto y grandes dosis de affectividad.
Pactemos fórmulas que satisfagan a ambos lados, interesémonos por aquello que les gusta o les preocupa.
Regalándoles grandes dosis de cariño con miradas que acojan, abrazos que protejan, palabras que entiendan y gestos que mimen.
Recordémosles a diario lo mucho que les queremos y valoramos sus esfuerzos.
Convirtiéndonos en mejor de los ejemplos a la hora de gestionar los conflictos, modular nuestras emociones y controlar nuestra ira.
Consensuando normas, flexibilizando límites, estableciendo consecuencias cuando no cumplan los pactos.
Respetando la intimidad que necesitan, sus ritmos vitales, sus silencios que calman.
Ayudémosles a asumir sus responsabilidades sin expectativas que ahoguen, a quererse con sus capacidades y defectos.
Validando todas las emociones que sienten, a identificar los sentimientos preguntándoles qué es lo que les preocupa, ayudándoles a encontrar respuestas a sus inquietudes o miedos.
Enseñándoles a gestionar los riesgos, los cambios anímicos, la melancolía.
Dándoles protagonismo en la familia, valorando sus opiniones, escuchando sus demandas, ofreciendo nuestra ayuda sin reproches.
Educándoles con mucho respeto y permitiendo que empiecen a dibujar su propio camino con autonomía e iniciativa personal.