La ansiedad que sientes antes de hablar en público no siempre es negativa. En lugar de verla como un enemigo, considera que es una forma de energía. Esa adrenalina que recorre tu cuerpo es una señal de que te importa lo que vas a decir y de que estás preparado para dar lo mejor de ti. Pregúntate: “¿Qué puedo hacer con esta energía?” En lugar de tratar de eliminarla, canalízala hacia un lenguaje corporal más firme, una voz más enérgica y una conexión más auténtica con tu audiencia.
Un paso útil es pensar en la ansiedad como una señal de alerta positiva. Esto puede ayudarte a cambiar tu percepción y a utilizar esa energía para reforzar tu presentación.
Puedes preguntarte: “¿Qué puedo ofrecerles? ¿Cómo puedo ayudarles a entender o aprender algo nuevo?”. Al poner las necesidades de tu público en el centro, reduces la presión sobre ti mismo y te conviertes en un comunicador más genuino y confiable.
Practica la atención plena, que te ayuda a centrarte en el presente en lugar de preocuparte por el futuro. También es útil desafiar pensamientos irracionales y reemplazarlos por afirmaciones más realistas.
Además, ensayar en el espacio donde presentarás o simular las condiciones del lugar puede ayudarte a sentirte más preparado y a reducir la ansiedad. Aprende a usar tu lenguaje corporal para proyectar seguridad, mantén una postura abierta y evita cruzar los brazos.
Recuerda que un nivel moderado de nerviosismo puede ser beneficioso, ya que añade energía y vitalidad a tu presentación. El objetivo no es eliminar el miedo, sino aprender a gestionarlo de manera que potencie tu desempeño. Cada presentación es una oportunidad para aprender y mejorar, y con el tiempo, esa ansiedad inicial se transformará en confianza y dominio del escenario.